24/07/2026
Durante años, algunas de las sonrisas más elegantes de Europa ocultaron un origen macabro: sus dientes habían pertenecido a hombres mu***os en el campo de batalla.
El 18 de junio de 1815, los ejércitos de Napoleón se enfrentaron cerca de Waterloo a las fuerzas dirigidas por el duque de Wellington y el mariscal prusiano Gebhard von Blücher.
Al terminar la jornada, el terreno quedó cubierto por miles de mu***os y heridos. La batalla había decidido el futuro de Europa, pero antes de que muchos cuerpos fueran enterrados comenzó otra actividad mucho menos heroica.
Soldados, habitantes de la región y recolectores recorrieron el campo buscando armas, monedas, botas, uniformes y cualquier objeto que pudiera venderse.
Algunos llevaban alicates.
Su objetivo estaba dentro de la boca de los caídos.
A comienzos del siglo XIX, fabricar una dentadura postiza convincente era extremadamente difícil. Existían dientes elaborados con marfil o porcelana, pero podían verse artificiales, cambiar de color o romperse. Los dientes humanos ofrecían una apariencia mucho más natural.
La práctica de utilizar dientes de personas fallecidas ya existía antes de Waterloo. También se compraban piezas a personas vivas necesitadas de dinero y se saqueaban cementerios, lugares de ejecución y otros campos de batalla.
Pero Waterloo ofreció de repente una cantidad extraordinaria de cuerpos, muchos de ellos pertenecientes a hombres jóvenes.
Los dientes aprovechables eran extraídos, limpiados y clasificados según su tamaño, forma y color. Después viajaban hacia talleres dentales de Gran Bretaña y otros lugares de Europa.
Los artesanos recortaban las raíces, perforaban las piezas y las fijaban mediante pequeños remaches o alambres sobre bases talladas en marfil de hipopótamo o de morsa.
El resultado podía ser una prótesis construida con los dientes de varias personas que nunca se habían conocido en vida.
Con el tiempo, aquellas dentaduras quedaron asociadas al nombre de “dientes de Waterloo”. La expresión llegó a representar los dientes humanos procedentes de campos de batalla, aunque el comprador rara vez podía comprobar su verdadero origen.
La relación con Waterloo les otorgaba incluso cierto prestigio comercial. Se suponía que procedían de soldados jóvenes y saludables, no de ancianos, criminales ejecutados o cadáveres extraídos de una tumba.
Poseer una dentadura de este tipo era un lujo.
No solo se pagaban los dientes, sino también el trabajo de seleccionar las piezas, adaptar la base y construir un mecanismo hecho a la medida de la boca. Mientras las personas pobres podían pasar la vida sin reemplazar los dientes perdidos, los miembros de las clases acomodadas podían comprar una sonrisa formada con restos humanos.
Las nuevas técnicas, los dientes de porcelana y las bases fabricadas con materiales más económicos terminaron reduciendo aquella demanda durante el siglo XIX.
Pero durante décadas, la batalla continuó presente en lugares muy alejados del barro, la pólvora y los cadáveres.
Un caballero podía sentarse a cenar, posar para un retrato o sonreír durante una conversación sin revelar que algunos de sus dientes habían pertenecido a un soldado caído.
Waterloo puso fin al imperio de Napoleón.
También dejó una historia mucho más íntima y perturbadora: mientras los nombres de miles de combatientes se perdían, una parte de ellos continuaba apareciendo en las sonrisas de los vivos.