27/05/2020
Ayer prometí hablar de una empresa local que, a diferencia de otras que destacan por su avaricia extrema, están haciendo las cosas de manera diferente, con responsabilidad social, con deseos de perpetuar en el tiempo una trayectoria comercial marcada por la tradición familiar y la ética.
Pero antes de ello debería remontarme a 1981, año en que colaboraba -recién llegado de la República Argentina – en la clínica de un excelente médico y excelente persona: Don Jaime Ferraz Pérez.
Eso era por las tardes, pues las mañanas las ocupaba en el Servicio de Cirugía Maxilo-Facial de la Residencia Sanitaria Virgen de la Candelaria.
Cuando estaba concluyendo aquel año y el horizonte profesional se abría a una nueva perspectiva, todos los colegas, en ambos lugares, me aconsejaron: “Tienes que hablar con Manolito Kavo”,
Tanto me lo repitieron que, cuando nos vimos por primera vez, ya me parecía conocer a Manolito Kavo, cuyo nombre no era ese sino Manuel Fernández.
Mi ignorancia de inmigrante todavía no era capaz de advertir la gracia isleña, todos los compañeros lo llamaban “Kavo” por ser ese el nombre de la marca de instrumentos que representaba.
Cuando estábamos a punto de alquilar el piso que sería luego nuestra consulta de la calle Álvarez de Lugo, Manuel Fernández acudió en nuestro auxilio, primero para saber si las instalaciones podrían ser adecuadas para nuestros fines y luego para proveernos de todos los elementos y maquinarias necesarias para el ejercicio profesional.
Desde el año 1981 hasta el día de su fallecimiento mantuvo inalterable su competencia, sonrisa y ganas de ayudar, y nuestra relación, que comenzó siendo comercial, concluyó siendo de mutuo afecto.
Una palabra suya valía más que un contrato firmado, y teníamos que hacer verdaderos esfuerzos para no defraudar su confianza, cosa que, creo, al final conseguimos.
Manuel Fernández fue evolucionado gracias a la incorporación de hijos y nietos al emprendimiento, que se mantuvo familiar y hoy se llama Malidente SLU.
No obstante, todos sabemos que siguen siendo los mismos, porque sus hijos, además de heredar el apellido también heredaron las formas de trabajar.
Y ahora, por fin, llega la parte sustancial de esta entrada larga pero sentida.
Manuel Fernández, quien fuera mi amigo, debe sentirse orgulloso, allí donde esté, de sus descendientes. El negocio que continuó su familia sigue sin mirar el beneficio inmediato ni las rentas exageradas, por tentadoras que éstas fueran.
El negocio que continuó su familia sigue siendo alérgico a la especulación, a las prácticas abusivas, a la trampa, por eso hoy ya no tiene guantes, los vendió todos al precio de siempre, de antes de la pandemia.
A ver si se entera Lim Wee Chai, presidente de Top Glove. A pesar del dinero y los títulos que mostramos ayer, parece tener menos honores que no se puedan comprar.