11/02/2026
En 1927, un profesor inició un experimento que sigue en marcha hoy —y nadie lo ha visto jamás ocurrir en el momento exacto.
El profesor de física de la Universidad de Queensland, Thomas Parnell, tenía una idea audaz: demostrar a sus estudiantes que sus ojos los engañan todos los días.
Levantó un trozo de brea, una sustancia similar al alquitrán que parece vidrio negro sólido. Lo bastante dura como para romperse con un ma****lo. Podías sostenerla en la mano y sentir su peso, su solidez, su absoluta inmovilidad.
«Esto», anunció el profesor Parnell, «es un líquido».
Sus estudiantes no le creyeron. ¿Quién lo haría?
Así que diseñó un experimento que lo sobreviviría a él —y a casi todos los que conocía—.
Calentó la brea hasta que fluyó, la vertió en un embudo de vidrio, la dejó enfriarse y asentarse durante tres años, luego cortó la base del embudo y dio un paso atrás. Ahora solo quedaba esperar a que la gravedad arrastrara el “líquido” hacia abajo.
Y esperar.
Y esperar.
La primera gota cayó finalmente en 1938, ocho años después. Para entonces, algunos de los estudiantes originales de Parnell ya se habían graduado, casado, iniciado carreras, quizá incluso tenido hijos.
La segunda gota cayó en 1947, después de que una guerra mundial comenzara y terminara.
La tercera en 1954. La cuarta en 1962. La quinta en 1970.
En los años 80, los científicos comprendieron algo tan frustrante como poético: ningún ser humano había visto jamás una gota caer en directo. Ni el propio Parnell, que murió en 1948. Ni su sucesor, el profesor John Mainstone, que observó el experimento durante 52 años y aun así se perdió cada caída —en una ocasión incluso salió a tomar café en el momento exacto equivocado—.
En el año 2000 instalaron una cámara.
En 2014, la novena gota comenzó su descenso. La cámara la captó… hasta que el sistema falló en el momento crítico y la grabación se corrompió. El universo, al parecer, tiene sentido del humor.
Hoy, casi 100 años después, el Experimento de la Gota de Brea sigue en su vitrina de vidrio en la Universidad de Queensland —oficialmente el experimento de laboratorio más largo de la historia, reconocido por Guinness World Records—.
Se puede observar en directo. Hay una cámara transmitiendo las 24 horas desde Australia, enfocada a un embudo donde la brea se mueve cien mil millones de veces más lento que el agua. La décima gota se está formando, hinchándose poco a poco, preparándose para su inevitable caída en algún momento de la década de 2030.
Miles de personas en todo el mundo miran esta transmisión, esperando algo que probablemente no sucederá en su vida.
Porque esto es lo que el profesor Parnell comprendió ya en 1927:
Las cosas más lentas del universo también avanzan. El progreso no requiere velocidad, solo dirección. Lo que parece congelado en el tiempo está en movimiento constante, solo en una escala que nuestros corazones impacientes tienen dificultad en percibir.
La brea fluye. Las montañas se erosionan. Los continentes se desplazan. Los glaciares tallan valles durante milenios.
Y a veces, los experimentos más profundos no buscan respuestas rápidas: nos enseñan a ver el tiempo de otra manera.
La próxima gota caerá algún día. Tal vez alguien logre verla. Tal vez la cámara funcione esta vez. Tal vez no.
Pero, pase lo que pase, la brea sigue fluyendo.
¿Qué hay en tu vida que avanza más lento de lo que te gustaría —pero sigue avanzando?
Fuente: Universidad de Queensland ("The Pitch Drop Experiment", sin fecha)